El campo de batalla a veces es muy sombrío, el piso no se ve claro, solo veo tumultos y tumultos de polvo y desechos. Hay voces, gritos, alaridos, muchos movimientos rápidos desincronizados que intentan encontrar un sentido sin realmente tenerlo. En momentos el campo se hace oscuro y no deja ver con claridad lo que hay alrededor, tengo una armadura que me estorba, pero si me la quito quedaría frágil, débil y desprotegida.

A veces me pregunto de que me sirve ser tan fuerte…. Sólo escucho palabras de alivio, de admiración y yo la verdad sigo sin verle el sentido a mi fortaleza. Me pongo nuevamente mi robusta armadura y empiezo a caminar por el campo de batalla que no se hace esperar. Mis pasos son pesados, no sé de donde sacan fuerzas para seguir andando, quisieran solamente quedarse ahí, inertes, adheridos al piso buscando la estabilidad que un día solían tener. Buscando la tierra fértil del que un día echaron raíces y crecieron y saltaron y jugaron estando seguros de que al caer iba a recibirlos la acolchonada caricia de un pasto vigoroso y lleno de vida. Hoy, se quieren seguir aferrando a un suelo desgastado que está seco y atareado de recibir tantas batallas.

La batalla sigue pasando y quedarse quieto significa rendirle tributo a la muerte. Así que sin más, doy el siguiente paso, y el siguiente, y el siguiente… por inercia mi cuerpo acostumbrado a los movimientos sigue caminando, pero de nuevo, sin encontrarle ningún sentido a los pasos transcurridos.

Mis aliados están lejos, me siento conmigo misma en la inmensidad de la batalla enfrentando una cantidad de criaturas, que en últimas, capas, y las estoy creando yo misma. La vulnerabilidad se apodera de mi cabeza y alcanza a tomar parte de mis sentidos. Desprotegida miro a lado y lado y no veo en quien soportarme en caso de caerme. Hace frío, estoy lejos de casa y solo me encuentro con un cielo abierto que grita abiertamente una ensordecedora ceguera.  En esa confusión de estar sola, no me queda más salida que aferrarme a mí misma y empezar a hondar hacia adentro.

El viento se encarga lentamente de quitarme capa a capa, me desprende lentamente piel tras piel, así como van perdiendo su esencia las cebollas ya maduras que deben volver al inicio de su ser para volver a nacer. Se me va cayendo poco a poco lo que yo pensé que me pertenecía y quedo desnuda en pleno campo de batalla, para luego darme cuenta que en realidad quedamos ella y yo. Mi armadura y yo. Es entonces cuando me percato que todavía la tengo puesta. ¿Será que esto me hace más fuerte? Es pesada y rigurosa, de hecho no se ajusta tan bien a mí, pero me doy cuenta que es lo único que tengo y lo único que puede protegerme.

El tiempo sigue transcurriendo y de repente el campo de batalla deja de ser un lugar silencioso e inhóspito para convertirse en lo que es, un despiadado remolino de matanzas. Entonces, no me queda otra cosa que empezar a luchar.

La batalla se siente intensamente, mis articulaciones se mueven rápidamente, la adrenalina recorre todo mi cuerpo y todos mis sentidos sólo están alertas a cualquier cosa que me pueda poner en peligro. Esquivo, rechazo, golpeo, ataco y esquivo de nuevo, y así se repite el ciclo una y otra vez evitando cualquier tipo de ocurrencia que se permita hacerme daño. Son momentos de tensión que se hacen largos, parsimoniosos y eternos. Cada lanzada la siento profundamente y sólo me pregunto cuándo acabará el ultimo golpe. No tener certeza de cuando acabará es lo que en ultimas termina desgastando la mente valiente de cualquier luchador, incluyéndome, por supuesto. Me empiezo a cansar físicamente, mi cuerpo está desgastado, la armadura empieza a hacerse cada vez mas pesada y siento que a veces sólo esta ahí para estorbar, más que para proteger.

En algún punto pierdo la noción del tiempo y del espacio y caigo inconsciente al piso. El golpe es fuerte y sólo escucho el color de la tierra haciéndole eco al universo. Mis oídos se ensordecen, mis ojos se cierran y quedo ensimismada en un silencio oscuro, incómodo y atemporal. Pasan lo que creo que son cinco segundos para volver en mi misma, abro mis ojos y veo pasar la batalla ante mí, me siento desgastada, sin energías y con una armadura encima que en ultimas sólo añade más peso. Entonces, ¿De qué me sirve ser tan fuerte…?

Sólo sé que mi instinto animal me incita a pararme y seguir, así que, sin saber porqué, reacciono halada por un llamado de supervivencia.  Es cuando mis manos, sin yo recordar que existían, tocan el suelo y se impulsan. Las fuerzas no están ahí, mi cuerpo sigue adormecido y cada vez se siente más cómodo en el silencio inocente del sueño, pero las manos toman vida propia y se impulsan con una fuerza descomunal. De repente escucho por detrás un fuerte alarido del viento, me está advirtiendo que algo viene desapercibido y se prepara a atacarme. Mi armadura, esa que tanto he despreciado, es la que recibe todo el golpe y permite que yo no vuelva a caer al piso. ¡Victoria! Pienso. Me salvé. Mi incómoda armadura me salvó. Me doy cuenta que ya no pesa tanto, la siento más liviana, menos incómoda y más adherida a mí.

¿De qué me sirve ser tan fuerte? Me sigo preguntando…. No lo sé….. todavía, no lo sé…

Sólo sé que cuando vuelva a entrar al campo de batalla no caeré en el primer intento, ni en el segundo, ni en el tercero. Voy a andar más millas de lo que mis pies se imaginaron que iban a andar. Voy a terminar viendo más campos del primero que pensé que sólo existía. Y sí, claro, mientras sigan andando, voy a terminar enfrentando más batallas. Las pequeñas las pasaré por alto, porque mi cuerpo ya tiene el aguante, y las grandes harán de mi armadura una cada vez mas solida. Voy a querer ya no solamente saltar pequeñas montañas sino querer ir cada vez más alto, porque la pequeña colina que antes veía como grande, ya sólo me parece eso, una pequeña colina. Voy a encontrarme cada vez con menos criaturas salvajes que sólo eran producto de mi imaginación, para encontrarme cada vez más conmigo misma y la inmensidad que tengo por ofrecer.

Todavía no sé de qué me sirve ser tan fuerte, pero sé que detrás de cada paso vendrán también pequeños triunfos que no sabía que podía alcanzar. Voy a verme con las manos bañadas en sangre al haber derrotado en batalla a todas esas criaturas, que en últimas eran solo mis propios miedos.  Entonces, ¿para qué ser tan fuerte?, supongo yo que para poder conocer mejor de mí, todo lo que puedo dar, todo lo que hay adentro que me permite enfrentar y disfrutar todo eso que hay tanto dentro como fuera del campo de batalla. Para que cada vez mi armadura se haga más liviana pero más solida y se adhiera tanto a mí a tal punto que seamos sólo una y realmente pueda darme cuenta de lo fuerte que soy.